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5 Planes de enoturismo y vino para un fin de semana diferente

2 octubre, 2026

No hace falta organizar un gran viaje para sentir que hemos salido de la rutina. A veces basta con cambiar el escenario, reunir a la gente adecuada, comer bien y olvidarse unas horas del reloj. Y el vino, además de acompañar muchos de esos momentos, puede convertirse también en la excusa para organizarlos.

A lo largo de los años he visitado bodegas en distintos países, he comido entre viñedos y he probado vinos en lugares donde forman parte inseparable de la cultura local. Pero algunos de mis planes con vino favoritos son mucho más sencillos y se pueden organizar sin necesidad de coger un avión: desde una cata a ciegas en casa hasta una escapada de fin de semana por una región vinícola. Éstas son cinco propuestas para salir de la rutina.

1. Picnic con vino al aire libre: maridajes sencillos

Tengo una teoría con los picnics: cuanto más intentamos sofisticarlos, más probabilidades hay de acabar cargando con media casa. Para mí, funcionan mucho mejor con pocos productos bien elegidos: un buen pan, un par de quesos, unas aceitunas, alguna conserva premium y una botella de vino.

La gracia está tanto en lo que llevamos como en elegir dónde vamos a comerlo. Puede ser el campo, un parque bonito, un mirador o una playa fuera de temporada. Es uno de esos planes de finde que apenas requieren organización y, sin embargo, consiguen cambiar por completo una comida que de otra manera habríamos hecho en casa.

En un plan de día y al aire libre yo buscaría algo fresco. Un Ramón Bilbao Verdejo, por ejemplo, puede funcionar muy bien con los quesos, las aceitunas o unas buenas conservas marinas. Solo hay que acordarse de mantenerlo a buena temperatura y de meter en la cesta dos cosas que inexplicablemente siempre se olvidan: el sacacorchos y unas copas.

2. Hacer que la cena empiece mucho antes de sentarse a la mesa

Cocinar con amigos me parece un plan bastante más divertido que recibirlos con absolutamente todo preparado. Elegir juntos qué vamos a hacer, repartir tareas, abrir una botella mientras alguien corta verduras y otro se ocupa de los fogones consigue que la cena empiece bastante antes del primer plato.

Yo elegiría una receta que necesite cierto tiempo y en cuya preparación pueda participar más de una persona: un pollo asado con una buena guarnición, unas berenjenas rellenas, unas fajitas tex-mex o incluso varias cosas para picar que haya que ir preparando entre todos. El objetivo no es complicarse la vida, sino convertir también la cocina en parte del plan.

Aquí aparece además una duda bastante habitual: cómo elegir vino según la ocasión. Y para ello yo me olvidaría un poco de las reglas de maridaje. Primero pensaría en la comida y en el tipo de encuentro. Un plato ligero puede pedir algo más fresco, mientras que un guiso, una carne o sabores más intensos admiten vinos con mayor estructura. Para una cena alrededor de este tipo de cocina, un Ramón Bilbao Crianza puede resultar muy versátil.

Y hay otra regla bastante útil: escoger algo que realmente nos guste. Parece una obviedad, pero a veces el miedo a “equivocarnos” consigue que la tarea de elegir vino parezca bastante más complicada de lo que debería.

3. Organizar una cata a ciegas y perder el miedo a equivocarse

Una cata a ciegas entre amigos puede ser enormemente divertida siempre que nadie la convierta en un examen de sumillería.

El sistema es sencillo: cubrimos las etiquetas de las botellas, servimos pequeñas cantidades y probamos sin saber qué estamos bebiendo. No hace falta identificar la añada, la variedad o la denominación de origen. De hecho, me parece mucho más interesante empezar por preguntas bastante básicas: ¿cuál me gusta más?, ¿cuál me parece más fresco?, ¿con cuál comería?, ¿cuál volvería a comprar?

Trabajar durante tantos años alrededor de la gastronomía me ha enseñado que aprender sobre un producto sirve para disfrutarlo más, pero no invalida el gusto personal. Podemos conocer técnicas, variedades y elaboraciones y seguir prefiriendo una botella distinta a la que ha elegido la persona que tenemos al lado.

La selección de los vinos a catar también puede convertirse en parte del juego. Se pueden probar, por ejemplo, tres vinos elaborados con la misma variedad en zonas diferentes, varios vinos de Rioja con tiempos de crianza distintos o tres blancos españoles de variedades diferentes para comprobar cuánto somos capaces de distinguir sin mirar la etiqueta. Sólo después se descubren las botellas. Ahí suelen empezar las discusiones más entretenidas.

4. Visitar una bodega y poner paisaje a lo que bebemos

En mis viajes, intento conocer el origen de lo que como y bebo siempre que puedo. Me gusta curiosear en mercados, cocinas, huertos, lonjas, granjas y bodegas para entender qué ocurre antes de que un producto llegue a nuestra mesa, porque eso cambia la forma de relacionarnos con él.

Una visita a una bodega cumple exactamente esa función y, además, me parece un plan estupendo tanto en pareja como con amigos. No hace falta tener conocimientos previos. Caminar por los viñedos permite entender el paisaje en el que nace el vino. Y conocer el proceso de elaboración pone contexto a muchas cosas que, vistas únicamente en una etiqueta, resultan mucho más abstractas.

Cuando visité Ramón Bilbao en Haro , La Rioja, pude conocer precisamente esa parte del proceso que normalmente permanece oculta cuando nos encontramos sobre la mesa una botella sin abrir. Después de haber visto dónde y cómo se elabora, es inevitable relacionar sus vinos también con ese paisaje.

La visita tampoco tiene por qué ser el único plan del día. Haro y, en general, las regiones vinícolas permiten construir alrededor una ruta con restaurantes, pueblos, pequeños productores y otros lugares vinculados a la gastronomía local.

5. Organizar una escapada alrededor de una mesa

Yo suelo organizar muchos de mis viajes alrededor de la gastronomía. He modificado rutas para poder ir a un restaurante, he recorrido kilómetros para probar un producto en su lugar de origen y suelo elegir destino pensando más en lo que quiero comer que en los monumentos que voy a visitar .

No hace falta llevar esta obsesión tan lejos, pero la fórmula funciona muy bien para una escapada de fin de semana. Podemos escoger una zona vinícola, reservar un restaurante que nos apetezca especialmente, visitar un mercado y completar el viaje con una bodega, una ruta por el campo o algún pueblo cercano.

A mí me gusta que haya una comida que funcione como punto central del viaje: ese restaurante por el que hemos elegido la zona, un plato local que llevamos tiempo queriendo probar o una mesa que hemos reservado con semanas de antelación. En una ocasión así también tiene sentido escoger un vino diferente al que abriríamos cualquier día, como un Ramón Bilbao Edición Limitada, y hacer que forme parte de ese recuerdo gastronómico.

No hace falta esperar a un cumpleaños o a un aniversario para abrir determinadas botellas. Elegir un vino especial también puede ser una forma de crear la ocasión en lugar de esperar a que aparezca.

Plan Vino Recomendado Maridaje / Momento
1. Picnic al aire libre Ramón Bilbao Verdejo Quesos, conservas marinas, aperitivos
2. Cocinar en compañía Ramón Bilbao Crianza Guisos, carnes, cocina mexicana o Tex-Mex
3. Cata a ciegas en casa Selección temática (Rioja/Blancos) Juegos de cata informal entre amigos
4. Visita a Bodega Visita a bodega en Haro (Rioja)/ Rueda, Valladolid Enoturismo, cultura y paisaje
5. Escapada gastronómica Ramón Bilbao Edición Limitada Restaurante especial / Ocasión clave

El vino como excusa

Lo que me gusta de estos planes con vino es que ninguno exige saber mucho sobre el tema. Podemos aprender durante una visita a una bodega, descubrir nuestros propios gustos en una cata a ciegas, convertir la preparación de una cena en el plan de la noche o elegir un destino a partir de lo que queremos comer y beber allí.

El vino tiene además la capacidad de cambiar el guión de un fin de semana. Nos puede llevar al campo con una cesta de picnic, reunir alrededor de una cocina, provocar una competición bastante poco científica entre amigos o servir de punto de partida para conocer una región.

Después de tantos viajes, sigo creyendo que algunos de los mejores planes no tienen por qué ser especialmente complicados. Lo importante es que nos saquen durante unas horas de la rutina. Y una botella puede ser una estupenda excusa para conseguirlo.